¿Todo por unos pinches patos?


“Los empresarios no estamos defendiendo uno u otro proyecto, estamos defendiendo un modelo de nación”, dijo el presidente del Consejo Coordinador Empresarial varios minutos después de que López Obrador lo hiciera con relación a los resultados de la consulta que da por rechazada la construcción del nuevo aeropuerto en Texcoco. “Estamos defendiendo un modelo de nación”, dijo y repito tal declaración porque ese es precisamente el fondo el asunto cuando hablamos de la #ConsultaNAIM: el modelo de negocio de los hombres de corbata, dista mucho de lo que votamos este fin de semana.

Yo voté temprano, con algo de frío y con cierta incertidumbre sobre los resultados ¿De qué servirá todo esto? No tenía garantías y, sin embargo, marqué por la opción de Santa Lucía, gustoso, no porque tenga mis dólares invertidos en ello, sino porque por primera vez una administración me consulta sobre un proyecto que impactará mi forma de vida. Antes que eso fueron los muertos y las violaciones de Atenco del año 2006, la manera en cómo el Gobierno preguntaba a la gente: ¿estás de acuerdo con que nos valga madre lo que opines sobre el nuevo aeropuerto? Tome su toletazo.

Personalmente creo que no necesitamos aeropuerto, como no necesitamos más automóviles (escribí hace una semanas sobre eso en mi blog)  pero la consulta fue valiosa para mí por el simple hecho de serlo. A votar fui con mi sobrino y el impacto cultural es enorme porque a este imberbe de 16 años se le demostró que en México la democracia directa es posible, y no estamos condenados a pagar continuamente con sangre las imposiciones de una plutocracia, tal cual él ha aprendido en sus clases de historia que así ha sido en este país a lo largo de 500 años.

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El voto del presidente electo López Obrador en la Consulta NAIM.

Y otra cosa: Ahora resulta que a los “grandes mercados” les preocupan los 45 mil empleos que se perderían con la cancelación de Texcoco. Pero algo no me cuadra. Tengo varios amigos por la zona, y esos amigos tienen familiares trabajando como peones en las obras del hoy fallido nuevo aeropuerto. A algunos les pagan seis mil pesos al mes pero con recibos de honorarios, lo que significa que le dan a Hacienda casi el 40 por ciento de su salario en impuestos, más lo que le toca al contador, lo cual apenas les da para comer y para pasajes. Además, no hay contratos. Otro además: les hacen pagar un seguro de vida que ni siquiera es IMSS, según me cuentan. Pero no todo es así, mi amigo Rubén realmente se ve afectado por el desistimiento de la construcción. “¿Todo por unos pinches patos?”, refunfuñó al tiempo que entendía que deberá trasladar su carro de tacos de canasta a otro lado ¡¿Cuantos más, Obrador?!

Está bien que no se haga Texcoco. A mi me registraron ahí y de mi infancia texcocana lo único que recuerdo es mucho cemento y olor a caca. En las monografías se decía que ahí había un lago, pero de agua sólo recuerdo las lluvias ácidas que alentaban el paso de los guajoloteros. Pero eso no lo ve un magnate que reparte su tiempo entre Nueva York, España e Interlomas. Su modelo de país no es modelo sino una fórmula bursátil. Nuestro modelo, el del México real, es de la supervivencia; el de aprovechar cada mecanismo existente para participar en cada consulta sobre asuntos públicos, por una sencilla razón: Nosotros y los patos aquí vivimos.

Cómo Marx salvó a China


Discursos aquí, conferencias allá, pero el único lugar donde realmente se celebraron los 200 años del nacimiento de Karl Marx fue en China. Con dos eventos: el primero, la donación de una enorme estatua del filósofo a la ciudad de Treveris, Alemania, donde nació el autor de El Capital; el segundo —y más importante—, un evento oficial en la Sala del Pueblo en Beijing, con un discurso de más de media hora emitido por el presidente chino, Xi Jinping, en el cual reiteró el carácter comunista de la China del siglo XXI.

“Es perfectamente correcta para la historia y el pueblo optar por el marxismo, así como para el Partido Comunista de China lo es inscribir el marxismo en su propia bandera, para adherirse al principio de combinar los principios fundamentales del marxismo con la realidad de China y adaptar el marxismo continuamente al contenido chino y los tiempos”, dijo XI, en un evento sumamente difundido en los canales estatales y privados.

Se trata de uno de los tres presidentes más poderosos del mundo saliendo a dar un discurso difundido por todo el mundo acerca de Marx. Esto debió retorcer la bilis del teórico estadounidense Francis Fukuyama, quien declaró el “fin de la historia” y de la lucha de clases tras la caída del muro. Fukuyama mintió. Marx y el socialismo siguen vivos y China pone sobre la mesa su propia evidencia.

El marxismo es una guía, dijo Xi, y tiene razón. China pudo adaptar el socialismo científico a su realidad compuesta de una inmensa diversidad de territorios, más de 400 etnias y 1, 500 millones de habitantes, todo, envuelto en diez mil años de historia como nación. Debido a esto, tras la Revolución de 1949 al mando de Mao Tse Tung, desterraron el colonialismo y medio siglo después se alzan como la primera potencia económica del mundo. No hubiera podido ser de otra manera. Este país aró su tierra con el Manifiesto Comunista en una mano, y el confucionismo en la otra. Comprendieron la importancia de desarrollar sus inmensas fuerzas productivas y poner la riqueza al servicio de las personas.

No faltan las voces que afirman que lo de China no es socialismo sino una especie de “capitalismo de Estado”. Voces occidentales, por supuesto. Parafraseando a la historiadora colombiana Diana Uribe, hablar de China es como asomarse a un precipicio y no ver el fondo. Estamos hablando de un país cuya Historia se remonta a la época de las glaciaciones. Las opiniones sesgadas tan solo subliman los prejuicios, incentivados por la ideología anti-socialista.

La teoría marxista y el ejemplo de la Revolución soviética lograron rescatar a una China sometida por el colonialismo europeo y japonés, en el fatídico siglo XIX ensombrecido bajo el humo de opio. Lacerantes episodios como la masacre de Nanjing hubieran condenado a cualquier país al derrumbe; pero China resucitó de la muerte de los mil cortes. “Solo el socialismo puede salvar a China”, pronunció XI Jinping este 5 de mayo en los 200 años de Marx. La historia le concede la razón.

¿Crees en el diablo?


Ese día de verano, el calor nos horneaba como a los frijoles que estaban puestos en la olla. Mi abuelo, de ladino, se quitó la playera para comer, a sabiendas que mi abuela lo regañaría pues, para ella, la hora de la comida era sagrada. Pero no conforme, ahí esperando su plato, mi abuelo sacó de su pantalón una cajetilla de Delicados toda apachurrada; tomó un cigarro, le pasó la lengua de popa a proa y lo prendió con un cerillo de madera –-siempre de madera pues con encendedor no sabe–.

Al tiempo que el humo se abría paso tranquilo por encima de la mesa, noté una cicatriz que atravesaba como un rayo el pecho de mi abuelo. El amasijo de carne hinchada partía en diagonal su negra piel. Si de por sí yo le veía parecido a las grandes piedras de obsidiana dorada que encontraba cuando jugaba en los jales de las minas, ahora, su figura ancha y musculosa me parecía más impresionante. A mis entonces ocho años, mi abuelo me parecía igual de cabrón que Charles Bronson y esa herida la llevaba como El Justiciero llevaba marcadas en la piel las victorias de sus luchas, en esa y en todas las películas que cada sábado me sentaba a ver junto al viejo.

— Abuelo, ¿a dónde te hiciste esa cicatriz?

Mi abuelo caló su cigarro bajo su enorme bigote canoso, mirándome con sus ojos acuosos y amarillos y ese párpado izquierdo que siempre le colgó de más. Y antes de hablar, se ocupó de echar el humo delante de toda su tez mulata, quizá y solo quizá, heredada de algún esclavo colonial, porque el viejo era huérfano y ni él mismo sabía por dónde ni por quién había sido arrojado al mundo.

— ¿Esta? Me la hice en la mina, mijo.

— ¿Te rasguñaste?

— ¿Quieres saber de verdad?

Mi abuela que nomás de oídas nos vigilaba desde la cocina, pegó un grito desde allá.

— ¡Qué le andas contando al niño, Beto!

— ¡Nada! –, respondió mi abuelo, que nomás volteó a verme y, cábula como era y por llevarle la contraria a mí abuela, me dijo en voz queda:

— Te voy a contar, pero tu tienes que prometer que no se lo dirás a nadie – dijo, e hizo ¡shh!, con un dedo sobre los labios.

Su confidencia me puso el corazón a correr y yo pegué la sonrisota.

— Sí abuelo–, dije.

Entonces el viejo se echó a contar.

— Esta cicatriz me la hizo el diablo–, dijo. Y yo, al oír, hundí la cabeza y puse los ojos de plato.

— ¡Beto!–, gritó mi abuela.

Mi abuelo nomás tronó la boca. Le caló fuerte a su cigarro y casi se lo acabó. Lo apagó en el plato. Siguió.

— Cuando era minero, andaba yo picando una veta de oro; todo el día pique y pique, pero no encontré nada. Ya casi para salir, cuando estaba a punto de tirar el cascajo, de la pared empezó a salir un montón humo. Yo estaba solo ahí. Nadie se atrevía a llegar a lo más adentro, más que yo. Cuando vi el humo ese, primero pensé que había roto algo o que se había prendido un pedazo de carbón; pero no, el humo se hizo más fuerte y el olor más cochino y ¿qué iba a hacer? Ni modo de pedirle ayuda a alguien…

— Porque estabas tú solito–, dije, sentado al filo de la silla y con los codos hundidos en la mesa.

— Éjele, nomás estaba yo ahí. Pero a mí que me vale. Seguí dele y dele a la piedra porque si no sacaba esa veta, no me pagaban el día. Cuando trabajas, te tienen que pagar ¿oíste?

— ¿Y el diablo?

— Espérate. De pronto la pared dejó de estar dura y comenzó a sentirse como si estuviera pegándole a una almohada, haz de cuenta. Blandito se sentía. El pico hasta se hundía en las piedras. Luego se escuchó un grito. Pero no creas que un grito como los de la calle. Ese grito puso a temblar todo el hueco de la mina. Primero pensé que se había caído un volquete por ahí, pero no, porque el grito se hacía más fuerte y más fuerte y la mina no dejaba de temblar…

En ese momento, la olla de frijoles soltó un hervor que me hizo pegar un brinco obre la silla. No grité ni saqué sonido por la boca, porque quería que mi abuelo siguiera contando su historia. Él se rió entre dientes, porque si mi abuela iba para la mesa y se enteraba, sería capaz de darle un trapazo en la boca por andarme espantando.

— ¿Qué más?

—Con el temblor y el grito, pensé que había explotado dinamita. Ahí sí me puse a las vivas porque, si había habido una explosión, las piedras se iban a venir abajo y yo iba a quedar ahí enterrado. Entonces que me agarro de la pared, esperando el derrumbe, pero de pronto el ruido se calmó. Luego de entre el humo, comenzó a salir una sombra. Primero no tenía forma de nada. A la mejor era mi amigo Félix, pero no podía ser porque nadie había bajado conmigo a ese nivel. De pronto la sombra fue tomando forma, grande; tenía que ser un compañero, a lo mejor el Gato que era el más alto de todos, pero no, la sombra era más grande. Cuando salió, no vas a creer lo que vi…

Yo era un niño de ocho años, que si bien no se orinaba en la cama desde el kínder, entre la emoción y el susto me dieron unas severas ganas de hacerme ahí mismo. Pero me aguanté. Tenía que saber.

— ¿Quién? —pregunté, haciéndome el loco, para no atreverme a pronunciar el nombre del consabido protagonista y por si se aparecía, no fuera a creer que le había faltado al respeto.

— Nunca había visto un animal así–, dijo mi abuelo–. Era muy alto, negro como el carbón y lleno de pelo como los perros, sus patas eran de chivo y gruesas como los pirules; tenía el hocico de un toro y de sus narices le salía vapor; sus cuernos eran como los de una cabra, pero casi tocaban el techo y luego bajaban como el pelo de una mujer; sus ojos eran negros también, pero brillaban como si fueran dos canicas; su cola era de víbora y sus brazos estaban del triple de ponchados que los míos. Se acercó a mí caminando despacio…

Tuve ganas de decirle “¡corre, abuelo!”, pero apreté fuerte mi boca con las manos.

— Entonces que se me acerca y me dice con una voz de trueno: “¿Tu eres el que anda picando la piedra?”. Y yo le dije “Sí, fui yo”, porque no creas que le tenía miedo. Yo ya sabía cómo eran los chivos, pero eso sí, nunca había visto uno tan grandote, que además caminara en dos patas y más encima que hablara. Entonces le dije: “¿Quién pregunta?”, pero no me respondió. Nomás me dijo: “Si tu fuiste el que anda picando las piedras, ya me rajaste aquí en el pecho”.

— ¡Por eso sentías blanditas las piedras! —, dije, ahora sí, sin aguantarme.

— ¡Pues claro! Entonces yo le dije “dispense, fue sin querer”. Entonces él como que se enojó y me dijo: “Nada de dispense. Ahora por castigo, tú te vas a llevar la herida que me hiciste”. Entonces, zas, comencé a sentir caliente en mi pecho. Y como en la mina andamos sin camisa porque ahí sí hace un calor del infierno, pude verme mi carne cómo se iba abriendo, haz de cuenta que las tripas se me estuvieran reventando. Pero no sangraba, porque al mismo tiempo la sangre se iba cociendo. Yo veía nomás mi carne ardiendo, pero luego voltee, pero el chivo ya no estaba ahí. Ya no había humo, ni ruido. Sólo yo, que ya traía esta cicatriz–, dijo mi abuelo, rascándose la herida de arriba para abajo.

— Pero, ¿cómo sabías que era el diablo? No te dijo que era el diablo –le dije yo, sin salir del asombro.

—- Nunca le quise contar a nadie porque sabía que nadie me iba a creer. Cuando me preguntaban, siempre les dije que se me había caído una piedra encima. Pero la verdad es que fue el rasguño del diablo. ¿Tú me crees?

Yo asentí sin parpadear, sintiendo el compromiso de hacerme cómplice de mi abuelo, porque era mi abuelo y su palabra era todo para mí. Luego, mi abuela se acercó a la mesa con los platos llenos de frijoles y nos vio cuchichear.

—- Ponte tu camisa, Beto y, ¿qué le andas contando al niño? –le dijo.

Entonces yo, que si bien valoraba la palabra de mi abuelo, pero más le debía a mi abuela mi abnegada sumisión, se me salió que preguntarle:

— Abuelita, ¿es verdad que el diablo le hizo esa cicatriz a mi abuelo? –le dije yo, sintiendo que mis palabras buscaban asirse a la mano siempre segura de mi abuela.

— ¡Qué diablo ni qué diablo! ¡Tú abuelo es el canijo diablo más bien! –, dijo ella.

Pero mientras mi abuelo se ponía su camisa, mi abuela se inclinó suave hacia mí para sentenciarme en voz quedita:

—Pero no se lo digas a nadie –dijo, haciendo ¡shh!, con los dedos sobre su boca.

Pornocracia


Las veo al pasar, casi todos los días cuando salgo de la universidad, a las afueras de un motel al que a leguas se le notan las cucarachas que le anidan. ¿De dónde vienen? ¿Quién las llevó ahí?

Quizá ni son de aquí. Quizá fueron sacadas a la fuerza de algún lugar, secuestradas mientras hacían un mandado. Y ahora están a las puertas de un sucio motel, cobrando cien pesos a los pusilánimes que necesitan pagar para tener sexo. Pero alguien más se lleva la ganancia.

Otros cobran también por hacerse los tontos, a bordo de patrullas o despachando en los ministerios, sin cortar el hilo que las tiene esclavizadas porque les deja dinero. “Pero ¿qué tal si les gusta?”, me dijo un alumno un día. Recolecté algo de paciencia y le respondí:

–¿A ti te gusta el sexo?

–Sí.

–¿Y por eso estarías dispuesto a hacerlo cuando no tienes ganas, con personas que no quieres y por órdenes de alguien más, sabiendo que si te niegas te arriesgas a que te maten?

–No, pus’ no–, dijo él.

Eso es explotación sexual. Lo que lo vuelve más lacerante es que cuatro de cada diez víctimas, son niñas.

Otros datos: México es el primer lugar mundial de abuso sexual infantil, según la ONU. En este país hay, cuando menos, 70 mil niñas que están esclavizadas por redes de tráfico sexual, según la organización Unidos contra la Trata. La esclavitud sexual va desde obligarlas a ser violadas por otros (la mal llamada prostitución), la pornografía y su venta a otros países. Además, están las víctimas que son traídas a México, principalmente, de Centroamerica y representan el 15 por ciento de las víctimas.

Ahora mismo en Baja California están explotándose a mujeres haitianas. Llegaron a Tijuana pidiendo asilo humanitario en Estados Unidos, pero se los negaron. No hablan español, no tienen papeles, ni comida. El Comité Ciudadano en Defensa de Naturalizados y Afromexicanos ha pedido ayuda del gobierno de México, sin obtener respuesta. Denuncia que ya son varias mujeres las que se encuentran en bares: “Ellas no llegaron solas a esos lugares, y las autoridades deben investigar quién las llevó”, dijo Wilner Metelus, presidente de la organización.

¿Quién hará algo por esto? Coaliciones internacionales denuncian que el turismo sexual está aumentando en México. Todos los años en el mundo son esclavizadas de dos a cuatro millones de personas. Más del 80 por ciento son mujeres. La mitad, niñas. No es casual que las víctimas estén y provengan de países hartos de corrupción. México, EEUU, Filipinas, Centroamérica ¿Qué tienen en común? El modelo. Ahí el dinero vale más que la vida. Quien paga más es quien manda. Una pornocracia.

¿Aún tenemos patria?


Schopenhauer estimó que la existencia humana está destinada al pesimismo en tanto que no somos capaces de percibir la esencia de las cosas, donde reside la belleza. Por eso, naufragamos en vida y damos tumbos en las paredes de la violencia, la corrupción y la enfermedad.

Si este filósofo alemán hubiese vivido en México comprobaría que su argumento no sólo tiene un efecto personal, sino que bien aplica a la sociedad. Si como individuos no tenemos remedio, como colectivo somos el acumulado de fracasos humanos. La rueda de la historia, en nuestro caso, parece girar en sentido contrario.

De tal manera, el gobierno es producto de lo que en sociedad hemos construido. Hemos permitido el ascenso al poder de un grupúsculo de ejemplos nítidos de nuestra derrota cultural. Es nuestro espejo vuelto puntas afiladas que nos acribillan cada vez, y sólo nos depara la destrucción.

¿Es posible ser optimista, a pesar de esto? Confieso que mi primera respuesta es No. Aunque quizá sean los recientes casos de espionaje de Estado; la imparable violencia; el dramático aumento de la pobreza; que dos tercios de la riqueza nacional está en poder del 10% de la población; o fue eso que vimos el domingo pasado en Tabasco, donde la gente saqueó un camión de mariscos que se volteó en la carretera, robó la llanta de refacción y se robó el dinero del conductor, sin importar que éste yaciera muerto justo al lado de donde se cometía tal acto grotesco de rapiña.

Pensándolo mejor, puede que sí tengamos esperanza si recuerdo que no se puede juzgar a un país de casi 130 millones de habitantes por lo que hicieron un grupo de ellos, o lo que hacen otros tantos de millones más, de manera similar, quebrantando cualquier código moral y de ética, como en una película de horror.

No es que “los buenos” seamos más. Eso no existe. Casi todos nos quebramos éticamente en algún momento, o corremos el riesgo de hacerlo. En cambio, hay otros que son todo un ejemplo de dignidad. El doctor Ernesto, por ejemplo. Salió de Oaxaca y se fue a los límites de Veracruz e Hidalgo porque “ahi todavía se puede hacer algo” por el país.

Por eso, en honor a quienes, pese a todo y contra todo, siguen dando la batalla por un México mejor, prefiero pensar que aún tenemos salvación. ¿Qué no dice el refrán que al mal tiempo, buena cara? De tal modo quiero decirles a todas esas personas que en este país aún están haciendo algo por mejorarlo: por favor, no se rindan. Los cínicos puede que ya no tengamos remedio; pese a eso, créanme, ustedes no dejen de intentarlo. Vuélvanos la cara y digannos lo que el prócer chileno Manuel Rodríguez pronunció: Aún tenemos patria, ciudadanos.

Quién es Rosa María Payá y su secreto para viajar gratis en avión


Me gustaría conocer a Rosa María Payá. La nueva cara del anexionismo cubano que habla de dictadura totalitaria, con esa mirada perdida, acondicionador en el pelo y su ‘outfit’ urbano de tacones, jeans y maleta en mano. Presiento que es toda una disidente de nuevo tipo; quizá es la neo-revolucionaria posmoderna que el mundo sediento de democracia y memes, esperaba.

Esto es una buena noticia porque, enfrentarse a una dictadura es una cosa, pero hacerlo sin maquillaje, es muy de los barbudos cubanos del 59. Y estos son otros tiempos. Las revoluciones de hoy debe tuitearse desde aeropuertos y recibir financiamiento del gobierno de los Estados Unidos. Puede que no liberen a un pueblo, pero los objetivos cambian: un día tendrás tu propio documental en Netflix y la gloria será toda tuya, siendo recordada como una mártir de la libertad.

Y es que siempre he considerado que tengo buen ojo para detectar rebeldes de nuestro tiempo. Aunque reconozco que he fallado. Un día proclamé a la bloguera cubana Yoani Sánchez como nuestra nueva liberadora del periodismo, pero es la hora que sigo esperando que de su pluma caiga la Revolución en Cuba. Quizá con Payá no me equivoque y esta sí, esta sí, lo haga por convicción y no sólo por los dólares y los lonches que dan en los aviones. 

Afortunadamente podré enterarme de esto en el próximo 19 de junio, cuando Rosa María Payá aterrice en el balneario cinco estrellas de Cancún, México, donde la presidenta de “Cuba Decide” –organización financiada por la National Endowment for Democracy, a su vez pagada por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, USAID, oficina del Departamento de Estado de EEUU–, participe del quinto Foro Regional Juventud y Democracia que organiza la Red de Jóvenes Latinoamericanos por la Democracia (Juventud LAC), donde la nueva cara de la contrarrevolución cubana se juntará con sus amistades a contarse cuanto sufren de sus derechos humanos, claro, con piñas coladas en mano.

Pero como en política nada es casualidad, es preciso informar que el evento de la Juventud LAC se llevará al cabo paralelamente a la 47va Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA, antes Ministerio de Colonias de EEUU) que ahí mismo tendrá lugar. Así que ambas plataformas aprovecharán la brisa de la rivera mexicana para firmar un acuerdo de cooperación para llevar más democracia y más derechos humanos a América Latina, igual a la que Washington llevó a Libia o Afganistán.

Quiero conocer a Rosa María Payá. Me da curiosidad la mentalidad de quien acusa una dictadura en Cuba, pero accedió gratuitamente a todos los beneficios sociales en su país y nunca fue discriminada por las actividades contrarrevolucionarias de su familia, una especie de club denominado Movimiento Cristiano de Liberación (MLC).

El MLC fue fundado por su padre, Oswaldo José Payá Sardiñas, a quien Rosa María ayudaba como traductora de inglés o recogiendo firmas para el denominado Proyecto Varela, una iniciativa financiada por el Departamento de Estado de los Estados Unidos operado de 1998 al 2003 que pretendía reformar las leyes cubanas en pos de supuestas “libertades individuales” que en realidad buscaban inocentemente desmantelar el socialismo en la isla. Pero el proyecto fue un desastre y fracasó porque no pudo acreditar las firmas necesarias, no pudo argumentar sus peticiones y estaba mal redactado.

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Payá posa con el agente de la CIA; hoy secretario general de la OEA, Luis Almagro. FOTO: Twitter

Oswaldo Payá murió en un accidente automovilístico en julio de 2012. Por eso fue sentenciado en La Habana su acompañante, el español Angel Carromero, por homicidio imprudente en accidente de tráfico, en un juicio calificado por el consulado de España como “limpio, abierto y procesalmente impecable”.

Pero la causa de Rosa María Payá fue culpar al gobierno cubano de haber asesinado a su padre. Exigió una investigación internacional, aunque ni ella o su familia nunca han aportado alguna prueba de sus acusaciones. No obstante, su versión le ha redituado. Desde abril de 2013, la presidenta de Cuba Decide viaja por Europa, Estados Unidos y Latinoamérica presentándose como víctima, ganando reflectores y la aprobación de la administración estadounidense para obtener dinero para operar acciones anti-cubanas.

Alegando supuestas amenazas de muerte, acoso y persecución política, buscó ayuda en la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba (hoy Embajada), y logrando abandonar la isla junto a su madre y sus dos hermanos. A su llegada a EEUU, de inmediato recibió el apoyo de la contra-cubana de Miami –autora de diversos atentados terroristas dentro de Cuba, como el ataque en pleno vuelo a un avión de Cubana de Aviación en 1976, considerado el peor atentado de este tipo en la historia del hemisferio–, logrando ser llevada de la mano por el correligionario de Donald Trump, el congresista Marco Rubio, hasta el discurso del Estado de Unión ofrecido por Barack Obama en enero de 2015.

No conforme con su vena terrorista, Rosa María Payá viajó a finales de enero de 2016 a la República Dominicana para reunirse con su amigo Félix Toledo Montero, un ex integrante de la brigada 2506 que fue aplastada por Fidel Castro en la invasión de Playa Girón, y que posteriormente, integrado en las fuerzas especiales de la CIA, fracasó en su intento de perseguir al Che Guevara en el Congo. Derrotado, pero obcecado, fundó la organización paramilitar “Cuba Independiente y Democrática”, entrenando militarmente a elementos terroristas que ejecutaron acciones violentas contra Cuba.

Quiero conocer a Rosa María Payá porque quiero ver como es una refugiada política que viste ropa de centro comercial y cobra en dólares. En el 2013 la vi siendo entrevistada en la televisión mexicana. “Mira esta mártir, tan emperifollada”, pensé. Recién la vi en Chile, donde le cayó en el hígado a estudiantes de ese país cuando la cubana hablaba de dictadura totalitaria y, en medio minuto, quienes crecieron bajo el yugo de Pinochet le pidieron dejar de decir mentiras.

Me gustaría escuchar a esta “agente de cambio” hablar de derechos humanos en el México de los 150 mil asesinados por la violencia y los más de 33 mil detenidos-desaparecidos, incluidos los 43 normalistas de Ayotzinapa.

Confieso que admiro a Rosa María Payá. Me asombra como ha convertido un proyecto fracasado como el Plan Varela –ahora llamado Cuba Decide–, en una junta que obtiene miles de dólares por la NED, o la Cuba Freedom Foundation, o la Freedom House, o la Fundación Konrad Adenauer ¡Todo un modelo de éxito! Sobre todo, al considerar que en el resto de América Latina otras activistas de derechos humanos como la hondureña Berta Cáceres, en vez de billetes, han encontrado la muerte. Sin duda, Payá debe estar haciendo algo bien.